LOS NIÑOS DEL FONDAC

Por Leonor R. Almendros
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La tarde era magnífica, disfrutábamos de ella en el balcón privilegiado que es el Haffa-café de Tánger, donde la mirada se pierde en el horizonte, mientras el mar se arrodilla ante aquel lugar, quizá buscando cobijo en la falda de la colina.
El tiempo se detiene allí de tal manera, embelesado por el té, la tertulia y la magia del entorno, que nos hace sentir únicos y solos en el Universo. Es como si al llegar, nos hubiéramos despojado de todas las cadenas que nos ataban a los días grises, rutinarios, precipitados y anodinos. Nos invade la sensación de desnudez total, de ser tan ligeros como el viento.
Farah, María y yo ... El alma allí, se abre de par en par y emergen hasta la orilla de nuestras vidas un caudal inmenso de sentimientos que ponemos sobre la mesa, junto al té ... Y surge la conversación "el pan desnudo" de Mohamed Chukri, totalmente de actualidad, porque en las calles de Tánger sigue habiendo niños sin techo, sin familia, sin amor, que duermen en la calle... Un latigazo de dolor agita nuestras conciencias, e inconscientemente creo que fue en aquel momento donde la asociación comenzó a caminar.
Hasta ese momento, siempre habíamos ido a Tánger en viaje de placer, ignorando hasta que punto llegaba la miseria y el abandono. Le pedimos a Farah que nos llevara hasta el encuentro con los niños de la calle que ella conocía.
Para poder encontrarlos tuvimos que bajar hasta lo más profundo del zoco, atravesando un sinfín de callejas estrechas plagadas de pequeñas tiendas donde se vendía desde ropa hasta productos de droguería.foto19

Después de atravesar aquel laberinto de callejas repletas de gente llegamos al Fondac. El impacto que hizo en nosotros aquél lugar fue tremendo. Un patio central, rodeado por un corredor en el primer piso y habitaciones sin puerta en la planta baja, todo medio en ruinas, donde viven hacinadas muchas personas. Aquello es como un patio de Monipodio, lugar de reunión de delincuentes y desheredados, de niños sin techo que duermen en cada uno de sus rincones totalmente a la intemperie. Sucios, descalzos, extremadamente delgados y llenos de miseria, con los ojos con profundas ojeras y la mirada perdida, porque no tienen esperanza, porque el futuro no existe para ellos, se sumergen en el paraíso efímero al que les lleva las alucinaciones que le produce la inhalación de pegamento, de ese modo no sienten el frío, ni el hambre, flotan y sueñan que van subidos en elegantes coches, que viven bajo un techo confortable, con mesas repletas de alimentos ... Un mundo imposible para ellos, nos cuenta.
 Algunos se escondían de nosotros para que no les viéramos en plena borrachera... Los demás pululaban a nuestro alrededor contándonos sus tristes historias de desarraigo familiar, de soledad, de abandono... Eran tan pequeños, tan guapos, tan frágiles y sin embargo nadie les protege, nadie les cuida, nadie los quiere, están tirados en medio de la calle, en el centro del peligro, en el ojo del huracán.
 El alma se nos cayó al suelo, y un nudo en la garganta atenazó por momentos las palabras. ¡Dios Mío, que injusta y desproporcionada es la vida para algunos seres humanos...!

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Son los marroquíes un pueblo acostumbrado al sufrimiento, dormitando en cualquier rincón de sus calles sucias, sin prisas, desde luego sin estrés, porque no tienen dónde ir, ya que el futuro es tan incierto como el presente que viven. Sus expectativas de trabajo no van más allá de ayudar a un señorito a aparcar su elegante coche, o caminar detrás del primer europeo que se encuentran suplicándole se deje limpiar sus zapatos y así poder engañar al hambre de aquel día.
 Comerse un bocadillo en "Ibrahim" es una empresa que no recomiendo, ya que el mostrador donde uno se sienta para comer está justo en el escaparate, y es imposible comer porque con lo primero que tropiezan los ojos es con la expresión lastimera aunque sonriente de los niños, jóvenes y viejos que te piden que les des de lo que uno come. Si lo haces empezarán a acudir como moscas, diciéndote: "tener hambre señorita". Ante este espectáculo tan desolador se nos quitaron las ganas de comer.
Comer, cuando los demás no comen, se nos hizo imposible, porque la tristeza ahogó en nuestro pecho el apetito. Era complicado caminar después de salir de allí, porque aquella legión de pobres se interponían en nuestro camino suplicándonos limosna.
 Protegía el bolso asiéndolo contra mi pecho de un posible tirón, ya que el hambre aprieta tanto que se puede hacer olvidar la compostura a aquél que la padece. Pasamos mucho miedo, lo reconozco. Nos deshicimos como pudimos de aquel enjambre que nos perseguía, escabulléndonos entre la mucha gente que paseaba por el antiguo Boulevard Pasteur, hasta llegar a nuestro hotel. Este viaje ha cambiado para siempre nuestras vidas, marcándolas con un compromiso social que poco a poco se va haciendo realidad esperando conseguir una vida digna, crear un verdadero hogar, donde algún día lleguen a creer que ellos son muy importantes y que se les ama de verdad.